Información General | anticipo exclusivo

Una vida sin límites

Keith Richards cuenta, en su autobiografía, su relación con las drogas, Mick Jagger y John Lennon.

 

Mick (Jagger), Brian (Jones) y yo vivíamos en el 102 de Edith Grove, en Fulham, un sitio realmente asqueroso, y casi podría decirse que intentábamos por todos los medios que lo fuera ya que, de todas formas, teníamos muy pocos medios para cambiarlo.

Nos pasábamos la vida desafiándonos a ver quién podía ser más repugnante (“¿te creés que eso me da asco?, ahora vas a ver”). Igual volvíamos de un bolo y nos encontrábamos a Phelge (N. de la R.: James, un compañero de piso) esperándonos en lo alto de las escaleras (“buenas noches, caballeros”) en pelota picada y con unos calzoncillos adornados con lamparones de mierda en la cabeza, o meándose encima de nosotros desde allí arriba. También le encantaba entrar en una habitación con un moco colgándole de la nariz, tan inmenso que le bajaba por la barbilla. Éramos cínicos, sarcásticos y maleducados si hacía falta.

Huida a Tánger con Anita Pallenberg (1967). Anita, la muy sexy hija de puta. Una de las mujeres más increíbles del mundo. La cosa fue yendo a más poco a poco en Courtfield Road. En ocasiones a Brian se le apagaba la luz de pronto y caía redondo: Anita y yo nos mirábamos. Pero ese es Brian y esta es su chica y ahí queda todo. No se toca. La idea de robar la tía a otro miembro del grupo no cabía en mi cabeza, así que los días iban pasando.

Además, yo estaba empezando a darme cuenta de lo que pasaba entre ellos, oía los golpes por las noches, y a la mañana siguiente aparecía Brian con un ojo morado. Él era de los que pegan a las mujeres, pero si había una mujer en el mundo a la que mejor no pegar esa era Anita Pallenberg; siempre que se peleaban Brian acababa vendado y lleno de moretones.

Nunca en mi vida he dado el primer paso para enrollarme con una mujer, simplemente no sé cómo hacerlo, mi instinto es dejarla hacer a ella, lo que no deja de ser bastante raro, pero es que soy incapaz de salir con frases del tipo: “¿Qué pasa, nena, cómo va eso?, ¿qué, echamos uno?”, y todo ese rollo. Me quedo sin palabras. Si están interesadas, moverán ficha. Por lo menos en mi experiencia ha sido así.

Y Anita movió ficha. De repente, sin la supervisión de su novio, fue la que tuvo los huevos de decir “¡al carajo todo!”. En el asiento trasero de aquel Bentley, en algún lugar entre Barcelona y Valencia, Anita y yo nos miramos: la presión era tan bestial que sin previo aviso se puso a hacerme una mamada. La presión se disipó y de pronto estábamos juntos.

Compitiendo con John Lennon. Pasábamos bastante tiempo juntos porque él y Yoko venían por casa a menudo. El problema con John era que (a pesar de sus bravatas) no aguantaba mi ritmo. Siempre intentaba meterse todo lo que me metía yo: un poco de esto y un poco de lo otro, un par de sedantes y otro de estimulantes, algo de coca y otro algo de caballo, ¡y listo para trabajar! Yo iba cuesta abajo y sin freno; John, en cambio, siempre acababa abrazado a la taza del váter. Se oía a Yoko por detrás “no debería hacer esto”, y yo en plan “¡oye, que nadie lo ha obligado!”.

Yo me tomaba un barbitúrico nada más despertarme (un aperitivo comparado con la heroína, pero peligroso en cualquier caso). Ese era mi desayuno. A veces me tomaba algún sedante que me bajara un poco, sólo para poder seguir trabajando. Yo usaba las drogas como las marchas de un coche, rara vez me metí nada por placer. Por lo menos esa es mi excusa. Me allanaban el camino para ponerme en marcha.

Síndrome de abstinencia. No sé lo que se creerá otra gente que es el mono (N. de R: síndrome de abstinencia), pero es un puto horror. Si se compara, es mejor que perder una pierna en las trincheras. El cuerpo entero se te pone del revés y se rechaza a sí mismo durante tres días, aunque sabes que en tres días se va a calmar. Van a ser los tres días más largos de tu vida y te vas a preguntar por qué te haces esas cosas a ti mismo cuando podrías estar siguiendo con tu vida perfectamente normal de puta estrella del rock con pasta de sobra. En cambio allí estás: potando (N. de la R: vomitando) y subiéndote por las paredes. ¿Por qué te haces algo así? No lo sé. Todavía no lo sé. Te entran escalofríos, las entrañas se te remueven, no puedes evitar que unos espasmos violentos sacudan todo tu cuerpo, tiemblas sin parar y estás vomitándote y cagándote encima todo al mismo tiempo, y te salen mierdas por los ojos, por la nariz… La primera vez que te pasa y es real, ahí es donde un hombre razonable dice “estoy enganchado”, pero ni eso impide que un hombre razonable vuelva a meterse.

Yo estaba en la clínica y Anita un poco más abajo, en la misma calle, trayendo al mundo a nuestra hija Ángela. Una vez que pasó el trauma habitual de los primeros días, agarré una guitarra que tenía y escribí “Angie” sentado en la cama en una tarde, porque por fin podía mover los dedos otra vez y ponerlos donde se suponía que iban, y ya no sentía que me tenía que cagar en la cama o subirme por las paredes ni estaba frenético. Así que empecé a cantar “Angie, Angie”. No era sobre nadie en particular, no era más que un nombre, podía haber sido “ooooh, Diana”, de hecho no sabía que Ángela se iba a llamar Ángela cuando compuse “Angie”.

Puñetazo a Jagger. Fue a principios de los ochenta cuando Mick empezó a resultar insoportable. Había comenzado a generarse una dinámica terrible.

Aquella situación era el colofón de muchas cosas que ya llevaban años pasando, pero el problema candente era que Mick había desarrollado un deseo febril de controlarlo todo: desde su perspectiva éramos Mick Jagger y los demás. Esa era la actitud que percibíamos todos y, por mucho que lo intentara, no podía evitar aparecer, ante sí mismo al menos, como el número uno. ¡Por Dios! Después de tantos años se nos subía el humo a la cabeza. La suya estaba tan hinchada que ya no cabía por la puerta. Los miembros del grupo nos habíamos convertido básicamente en sus empleados.

Debió de ser bastante horrible para quienes estuviesen cerca de nosotros mientras trabajábamos en “Undercover”. Se respiraba un ambiente hostil, de discordia. Apenas hablábamos ni nos comunicábamos, y si lo hacíamos era para reñir o soltar maldades. Mick atacaba a Ronnie (Wood) y yo salía en su defensa. Al final, cuando intentábamos terminar el disco en los estudios de París, Mick se presentaba desde el mediodía hasta las cinco de la tarde, y yo desde medianoche hasta las cinco de la mañana. Aquello eran todavía las primeras escaramuzas, el principio de la guerra, y el trabajo en sí no era malo, el álbum fue bien.

Bueno, a Mick se le llenó la cabeza de grandes ideas. Les pasa a todos los vocalistas, es una dolencia conocida como SCB, síndrome del cantante de banda. Ya había habido algunos síntomas en el pasado, pero ahora era un caso flagrante. […] Si se combina el SCB congénito con un bombardeo constante de adulación durante años y años, ya se puede uno imaginar el resultado. Incluso si no te halaga o la rechazas, la adulación al final se sube a la cabeza, acaba afectando.

Mick había empezado a sentirse inseguro, a dudar de su propio talento; y eso, irónicamente, parecía la causa de su fatuidad. Durante muchos años, durante toda la década de los sesenta, fue increíblemente encantador y divertido. No había artificio. La forma que tenía de manejarse en pequeños espacios como vocalista y bailarín era electrizante. Y era fascinante verlo y trabajar con él: los giros, los gestos… Nunca se lo pensaba de antemano, su actuación impresionaba sin que él pretendiese hacer nada peculiar. Y sigue siendo bueno, aunque en mi opinión la magia se disipa un poco en los grandes escenarios. Eso es lo que la gente quiere ver: espectáculo. Pero no es necesariamente lo que mejor se le da. En algún punto, sin embargo, perdió la naturalidad. Olvidó lo bueno que era en esos escenarios pequeños. Olvidó su ritmo natural. Sé que no está de acuerdo conmigo en esto. Mick es bastante competitivo, y comenzó a serlo con respecto a otras bandas. Se fijaba en lo que estaba haciendo David Bowie y quería imitarlo. Bowie era una enorme atracción encima de un escenario. A Mick le había salido un competidor en la sección de vestuario y extravagancia. Pero lo cierto es que Mick cantando “I'm a Man” en vaqueros y camiseta puede expresar diez veces más que Bowie. ¿Por qué quieres ser otro cuando ya eres Mick Jagger?

A mí me encantaba pasar el rato con Mick, pero creo que hace como veinte años que no pongo los pies en su camerino. A veces añoro al amigo. ¿Dónde coño se ha ido? Sé que si me salta la mierda y tengo un problema serio podría contar con él, o él conmigo, porque eso está por encima de cualquier disputa.

La heroína. Creía que podía controlar la heroína, que podía tomarla y dejarla cuando quisiera. Pero es mucho más seductora de lo que uno cree, porque durante un tiempo la tomas y la dejas, pero cada vez que la dejas te cuesta un poco más. Hay un millón de razones por las que te metes. Creo que tiene que ver con subirse a un escenario: los niveles de adrenalina y energía son tan altos que requieren (si lo encuentras) un antídoto. Y el caballo lo veía como parte de toda la historia. ¿Por qué te haces algo así a ti mismo? A mí nunca me gustó particularmente ser famoso y si estaba ciego me resultaba más sencillo enfrentarme a la gente. Y además estaba con mi mujer, Anita, a la que le iba el tema tanto como a mí. Creo que sencillamente queríamos explorar un camino nuevo, aunque, en realidad, sólo teníamos intención de recorrer unas cuantas manzanas, pero al final nos lo hicimos entero.

Más Información General en Noticias

Susana Giménez (67)

La otra cara de la eterna juventud

Rubén Orlando en la Villa 31

Glamour popular

Antonio de la Rúa (37)

Dicen que no está deprimido

Política & negocios

Interna Midachi