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La diplomacia kamikaze

timerman. El canciller alterna escándalos diplomáticos con discusiones sobre los “concheros” de la farándula.

Por James Neilson

 

Barack Obama ha sido acusado de muchas cosas, de ser musulmán, racista negro, un keniata nacido fuera de los Estados Unidos, comunista, anglófobo resentido, antisemita y así largamente por el estilo, pero hasta hace poco a nadie, con la eventual excepción del venezolano verborrágico Hugo Chávez, se le ocurrió tratarlo como un imperialista yanqui como los de antes que está resuelto a llenar América latina de torturadores y golpistas. Sin embargo, parecería que esta es la opinión del canciller Héctor Timerman que, para defender el país contra los designios malignos de la gente de Obama, no ha vacilado en denunciar al gobierno norteamericano por intentar transformar en represores brutales a los hombres de la Policía Metropolitana, enseñándoles a torturar mejor y, por si acaso, a llevar a cabo un golpe de Estado con las técnicas más modernas, además de enviarnos un avión militar repleto de equipos electrónicos siniestros, drogas, gases paralizantes y otro material que podría resultar útil en manos de desestabilizadores, cuando no de terroristas.

En efecto, Timerman se dio el lujo de insinuar que los norteamericanos podrían tener algo muy pero muy feo en mente al recordarles que “la Argentina ha sufrido dos atentados terroristas y tiene leyes muy estrictas sobre lo que puede entrar y no puede entrar al país para evitar tener un tercer atentado”, de ahí la decisión de incautar buena parte del contenido del avión de la Fuerza Aérea estadounidense que aterrizó en Ezeiza. ¿Comparte el punto de vista del canciller la presidenta Cristina Fernández? Hay motivos para creer que sí, ya que convocó a todos los argentinos a defender la soberanía nacional contra los tentados a violarla.

El encontronazo diplomático con los Estados Unidos sorprendió a todos, razón por la que una multitud de teorías, casi todas conspirativas, se ha puesto en danza. Para algunos, fue fruto de nada más grave que la impericia de Timerman que, como es notorio, se ha enamorado tanto de Twitter que no le importa un bledo el destino de las ocurrencias, a menudo extravagantes, con las que mantiene entretenido al resto del mundo. Dicen los impresionados por lo que está sucediendo en Túnez y Egipto que fue gracias a Twitter y YouTube que, para alarma de sus congéneres en los países vecinos, ya han caído un par de déspotas árabes; parecería que las redes sociales así supuestas han tenido un impacto casi tan fuerte en la diplomacia argentina.

Otros conjeturan que el Gobierno, asesorado por los ideólogos de La Cámpora, quiere aprovechar los sentimientos nacionalistas de la gente para desviar la atención de asuntos antipáticos como la inflación, el narcotráfico y la corrupción rampante que podrían determinar los resultados de las elecciones previstas para octubre. De estar en lo cierto quienes piensan así, no tardarán en celebrarse grandes manifestaciones de protesta contra la prepotencia imperialista de los yanquis.

Con todo, lo más probable es que detrás de la embestida kirchnerista contra los Estados Unidos esté la decisión de Obama de saltar por la Argentina sin hacer escala cuando visite América del Sur, limitándose a tocar tierra en Brasil y Chile. Dicha explicación, según la que Cristina se siente tan indignada por la voluntad del héroe máximo de la progresía mundial de dejarla plantada que nunca lo perdonará, es un tanto denigrante, pero mal que bien, tales pormenores suelen incidir bastante en las relaciones internacionales.

El que Cristina se haya sentido molesta por el trato que el norteamericano le ha deparado puede entenderse. Antes del triunfo de Obama en las elecciones presidenciales de su país, Cristina se esforzó por congraciarse con los demócratas del ala progre y, si bien por una cuestión de género hubiera preferido ver a Hillary Clinton en la Casa Blanca, no ocultó el entusiasmo que le supuso el reemplazo de George W. Bush por una persona procedente de otro lado del espectro ideológico.

En cuanto a los norteamericanos, a juzgar por lo que están diciendo los voceros del Departamento del Estado y el Pentágono, no entienden nada. ¿Qué hemos hecho para merecer ser tratados como narcos y terroristas?, se preguntan, señalando que el gobierno argentino sabía desde hacía varios meses lo que estaría en el avión y que, de todos modos, los programas de entrenamiento policial que tanto indignan a Timerman contaban con la plena aprobación del gobierno de Cristina. Según ellos, todo estaba en orden y, si el cargamento contenía algo indebido, lo más sensato hubiera sido resolver el asunto en privado, no a través de los medios con el propósito evidente de desatar un escándalo de proporciones. Puede que hayan exagerado aquellos funcionarios estadounidenses que insisten en que se trata de un incidente tremendamente grave que tendrá repercusiones nefastas, pero la verdad es que tienen motivos para sentirse preocupados.

Por cierto, de hallar Timerman información sensible como claves militares secretas en las computadoras incautadas para entonces ponerse a difundirla por internet, emulando así al australiano Julian Assange de WikiLeaks, asestaría un golpe muy doloroso al sistema de seguridad tanto interno como externo de la superpotencia. En tal caso, los Estados Unidos no tendrían más opción que la de reducir al mínimo sus relaciones con la Policía y lo que aún queda de las Fuerzas Armadas después de las purgas de Nilda Garré. A pesar de la hostilidad hacia el imperio de muchos kirchneristas, hasta ahora los policías y militares norteamericanos han seguido colaborando con sus homólogos argentinos, lo que, en un mundo cada vez más globalizado, les ha sido mutuamente beneficioso.

Para hacer todavía más confusa la situación, nadie parece saber muy bien qué se ha propuesto Timerman. ¿Quiere cambiar la estrategia internacional del Gobierno, acercándose al eje bolivariano liderado por Chávez y asumiendo una postura aún más antinorteamericana que la adoptada por el difunto Néstor Kirchner que, como mandatario, emboscó a Bush en Mar del Plata? ¿O es que sólo se ha tratado de reacciones improvisadas sobre la marcha frente al desaire supuesto por el plan de viaje de Obama? O, quizás, todo habrá comenzado con el deseo de aprovechar una oportunidad aparente para incomodar a Mauricio Macri acusándolo de enviar policías a El Salvador para que aprendieran golpismo. Al hacer suya la versión de que los norteamericanos siguieron entrenando a efectivos latinoamericanos en las artes negras destituyentes, el canciller se habrá sentido obligado a oponerse a todos los programas bilaterales que están vinculados con la seguridad.

Antes de tomar el relevo a su marido en la Presidencia, Cristina dio a entender que trabajaría para mejorar la relación con los Estados Unidos, pero no bien asumió estalló el escándalo de la valija atiborrado de dólares que llevaba Guido Antonini Wilson y, peor aún, la hipotética “operación basura” que según ella fue urdida por el FBI y la CIA para desacreditarla.

Así y todo, se supuso que la llegada al poder de Obama, y la nominación de su “amiga” Hillary como secretaria de Estado, le permitirían dejar atrás los malentendidos engorrosos del pasado reciente.

También motivó algunas esperanzas en tal sentido el ascenso diplomático vertiginoso de Timerman que, como hijo de un padre célebre, poseía muchos contactos con figuras de la franja progresista del Partido Demócrata. Pero, por error, mala suerte o de resultas de un plan estratégico setentista cuidadosamente elaborado, el gobierno de Cristina se las ha ingeniado para llevar la relación con el país más poderoso del planeta al borde de la ruptura.

Pues bien: ¿cómo reaccionarán los Estados Unidos? Frente a los ataques retóricos de Timerman y la postura más sobria pero también desafiante de Cristina, Obama y sus colaboradores se ven frente a un abanico de opciones. Podrían limitarse a tomar lo ocurrido por una manifestación más de la ya mundialmente famosa excentricidad de un gobierno que en opinión de muchos está dominado por aficionados, para procurar poner paños fríos al asunto. O podrían decidir que, dadas las circunstancias, deberían hacer valer el principio de reciprocidad, lo que supondría que en adelante maltratarían a los representantes argentinos y, desde luego, inspeccionarán minuciosamente el contenido de todo avión procedente de Ezeiza o Morón so pretexto de que sospechan que trata de introducir armas para terroristas o drogas prohibidas.

Otra alternativa consistiría en sonreír con aire benevolente mientras hagan uso de su influencia para estorbar las negociaciones con el Club de París, respaldar a los fondos buitres y dejar saber que a su juicio convendría echar a la Argentina del G-20. Por ser la superpotencia que todavía es, los Estados Unidos no pueden permitir que otros los traten con desprecio, bombardeándolo con acusaciones de todo tipo y arengando a sus funcionarios diplomáticos como si fueran empleados de poca monta de una satrapía tan insignificante que cualquiera podría darles patadas sin preocuparse por las eventuales consecuencias. Puesto que a esta altura Obama se sentirá harto de ser blanco de quienes lo acusan de debilidad culposa frente a los enemigos jurados de su país, no sorprendería demasiado que decidiera ensañarse con Cristina y Timerman por faltarle el respeto que, como es natural, cree merecer.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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