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Polvo de estrellas

“Las estrellas nunca mueren” de E. Poncela y F. Fuentes de la Oca. Con Eusebio Poncela, Humberto Tortonese y elenco. Dirección: De la Oca-Poncela-Tortonese. Paseo La Plaza, Corrientes 1660.

Por Jorge Luis Montiel

 

A fines de los `80, este cronista disfrutó de varias representaciones similares a la que hoy nos ocupa. Claro que con marcadas diferencias. En esas épocas, ver en escena a Batato Barea, Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, pintarrajeados y con andrajos chillones, valía como una experiencia escénica singular, más allá de los valores del texto. La sociedad de entonces estaba recién despertando del largo letargo que produjo la terrible dictadura militar. Estos artistas, adelantados a su tiempo, encarnando siempre personajes sombríos, casi escapados de un hospicio, desnudaban la angustia del silencio impuesto y la traducían con patético humor, en una cruel autopsia del caos contemporáneo.

Cuando Flor y Elvira –o sea: Eusebio Poncela y Humberto Tortonese– aparecen sobre el escenario caracterizados casi de la misma manera, aunque odiosas, las comparaciones se vuelven inevitables. Es que lo esencial ya fue visto en los tiempos bohemios y transgresores del mítico Parakultural.

La obra se basa en el film “¿Qué pasó con Baby

Jane?”, dirigida por Robert Aldrich con las impagables Bette Davis y Joan Crawford. En realidad, más que inspirarse se trata de una versión sui generis pero demasiado fiel a la de aquel guión. Aquí se habla de las desventuras de las hermanas Del Río. Elvira, caprichosa niña prodigio que triunfó como cantante y Flor, siempre relegada a su sombra, quien de pronto se transforma en una actriz de éxito, pero cuya carrera se trunca por un accidente que la postra en silla de ruedas. Ya retiradas, en obligada convivencia, la primera padece trastornos mentales, se sumerge en el alcohol y tortura cotidianamente a la otra, negándole contacto con el mundo exterior y sumiéndola en la agonía.

Lo que en los primeros veinte minutos es divertido, se torna confuso, arbitrario, desordenado en exceso y, sobre todo, falto de ritmo. En especial cuando aparece el personaje del pianista que, si bien es secundario, requiere un actor de fuste. Sin una mano hábil y rectora en la dirección, las escenas se acumulan, separadas por sencillos apagones, de manera adversa, al punto que uno se pregunta cuál es el sentido de ofrecer este producto pretenciosamente experimental en un contexto decididamente comercial. Al menos si se juzga por el precio de las entradas.

Porque si bien el punto más fuerte está en las actuaciones de Poncela y Tortonese que, librados a su suerte, responden con talento entusiasta a las exigencias de una historia inescrutable, no se puede rescatar mucho más de un espectáculo fallido.