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Teorema fatal

“El caballero que cayó al mar”, de H. C. Lewis. La bestia equilátera, 155 págs. $ 59.

Por Elvio E. Gandolfo

 

Basta un pequeño descuido. Por la mañana, Henry Preston Standish está en cubierta, muy tranquilo, y sin darse cuenta pisa una mancha de grasa y cae al mar. El “Arabella” es un barco en peligro de quiebra, que lleva pasajeros. Standish va a bordo para huir de la rutina cotidiana y familiar. Ahora utilizará buena parte de este libro breve y genial tratando de mantenerse a flote.

Lo extraordinario es la decisión con que Herbert Clyde Lewis, su autor, mantiene un tono despojado y minimalista, sin embargo siempre dispuesto a sorprender o a hipnotizar. El mar al que cae el caballero es liso, sin detalles, tan desprovisto de accidentes como una infinita hoja de papel en blanco. Con dos excepciones: un barco que se aleja y un punto (la cabeza de Standish).

Las páginas se reparten por partes iguales entre la progresiva conciencia de la soledad absoluta por parte del náufrago, y casi una decisión de no recordarlo por parte de la tripulación y los pasajeros. Incluso amigos y alguna posibilidad de amante femenina se distraen, caen en las trampas del acostumbramiento y la inercia, y permiten que el barco siga alejándose, imperturbable. Después de terminarlo, el libro parece dedicado a reproducir, con minucia extrema, y con toques de humor sutil o bruscamente grotesco, los pensamientos y actividades de Standish. Por un momento especula con suicidarse, pero le basta meter la cabeza bajo el agua para no hacerlo.

Las palabras van generando un libro difícil de olvidar. Poco a poco va quedando atrás definitivamente la vida útil anterior de Standish: “Los negocios iban bien. Los niños crecían y era interesante sentarse a observarlos. Olivia le era fiel; apostaría lo que fuera”. Por puro aburrimiento, Standish se ha alejado de ese mundo equilibrado, para terminar cayendo en un océano enorme, que ni siquiera lo registra.

En el barco, un nuevo amigo lo extraña, y el capitán, cuando se entera tardíamente del hecho, quiere morirse: todo se atrasará, lo buscarán sin encontrarlo, habrá nuevas pérdidas para un barco ya en peligro de bancarrota. Ese proceso doble de víctima entregada más a sus pensamientos y fantasías que a la acción (como ocurre en otras novelas semejantes), y de grupo humano condenado a sus vicios y virtudes, estructura un mecanismo fuera de serie. El mecanismo resulta a un mismo tiempo lúcido, inteligente y complejo, y va dibujando el relato con la frialdad y minucia de un teorema estético en alta mar.