Por una parte, César Aira es culto. Por otra, es travieso. Le sobra carpeta informativa y hasta académica como para escribir seriamente sobre Parménides. Pero en este delgado librito (que en la suma total ya debe de haber superado con holgura el número 60) el célebre griego es un personaje más bien secundario. El protagonista es en cambio Perinola (nombre digno de un personaje de "Patoruzú" o "Rico Tipo"), un escritor con familia (como el propio Aira), contratado por el famoso Parménides para que le escriba un libro. Si en las primeras líneas se dice que esto ocurre en "el siglo quinto antes de Cristo en una colonia griega de la costa italiana del sur", en realidad habla de aquí (el planeta, a esta altura de la globalización) y ahora.
Como "bonus track", tratándose de él, es un libro bueno, por momentos lírico, por momentos teórico, y sobre todo de tono sostenido.
En cuanto el poderoso y bien alimentado Parménides (así lo ve el texto) se entrevista con Perinola, y le encarga un libro que no sabe bien sobre qué ni cómo será, el protagonista pasa a ser el primer "ghost writer", o "negro" de la historia literaria, según él mismo destaca. Su carácter de segundo, de seudoplagiario, de autor sin nombre (o con nombre prestado), le permite hacer inteligentes y lúcidas observaciones sobre la tarea literaria: "Le daba la impresión de que siempre que uno escribía estaba entre dos opciones equivalentes", dice. O: "quizá le faltaba aprender eso: que las intenciones no contaban. Quizá escribir era siempre escribir, y la calidad se decidía en otra órbita."
Pasan los años (como pasan en Julio Verne o en Aira: sin drama), Parménides sigue sin saber qué libro quiere, y Perinola sin escribir. De pronto aparecen frases que recuerdan a Macedonio: "La vida no siempre obedecía a la lógica, y el resultado de la complementación fue una obra infinitamente postergada y un hechizo general de espera". La peripecia es ésa: el libro que no termina de empezar, la soberbia bien alimentada de Parménides, el perfil de pobre tipo pero lúcido de Perinola.
Lo bueno es que se sostiene, sin que la travesura de Aira ejercite su propia soberbia repetida de otros libros: arruinar todo bastante pronto. La cabeza del lector se ha internado sin darse cuenta, y frescamente, en otras partes. Algo parecido pasaba en su momento con Borges, antes de que consiguiera las malditas y famosas "plegarias atendidas" bíblicas y se convirtiera en una especie de Señor Gordo de los medios y la burguesía nacional (clase social que en otros tiempos quedaba siempre bien mencionar en una bibliográfica). También él escribía mucho y corto, no se sabía bien dónde estaba parado, y lo odiaban y amaban por partes iguales y con la misma intensidad. Ahora le tocó a Aira, que termina "Parménides" con brusco desvío a un bar, a la borrachera y a un seco final de violencia animal y gratuita. Como si se hubiera dicho: "Vamos a terminar de una vez con esta historia".