"R III", adaptación de "Ricardo III" de Shakespeare, escrita y dirigida por Mariano Caligaris y Emilio Giménez Zapiola. En inglés, con subtítulos en español. Con Mariano Caligaris, Rita Carou, Soledad Galarce, Robert Cox, Danila Terragno y otros. En el British Art Center, Suipacha 1333. Hasta el 30 del actual, jueves, viernes y sábados a las 21.
Por Luis Frontera. Fotos: Alfredo Nardini.
Una serie de complicaciones dinásticas entre las casas reales inglesas de York y Lancaster condujo, en el siglo XV, a la Guerra de las Rosas, así llamada porque cada bando usaba esa flor como emblema: blanca la de York, roja la de Lancaster. Shakespeare dedicó varias piezas de su Ciclo de los Reyes a esta larga (1445-1485) y sangrienta lucha, que culminaría con la unión de ambas casas y el comienzo de la dinastía Tudor, con la rosa de este nombre como símbolo de la paz. Uno de los personajes de la historia es un contrahecho duque de Gloucester, resuelto a abrirse camino hasta el trono mediante la eliminación de todos los herederos legítimos. Este es el Ricardo III de la leyenda negra, a quien la tradición atribuye una mente tan deforme como su cuerpo.
Los estudiantes de literatura inglesa se saben de memoria los versos iniciales de esta temprana obra de Shakespeare (1593): "Ahora es el invierno de nuestro descontento…". Así comienza el primero de los muchos monólogos del protagonista, quien goza de otra fama no menos riesgosa: la de ser, según los eruditos, el personaje más complejo de todos los creados por el Bardo. Al interpretarlo han aspirado todos los grandes actores, no sólo ingleses, si bien éstos, como es natural, se llevan la palma: Laurence Olivier, en su momento (lo trasladó del escenario al cine), e Ian McKellen (también lo hizo en la pantalla), se han destacado en caracterizaciones memorables. Alfredo Alcón lo encarnó en el San Martín, dirigido por Agustín Alezzo, en 1997.
La crítica, en general, ha señalado muchas debilidades estructurales de la obra, a la vez que ha destacado el formidable desafío encarnado en su protagonista. Porque, con su deformidad física (jorobado, rengo y feo), su falta total de escrúpulos y su convincente retórica, es un personaje insólito en la historia del teatro: un villano cómico. Hasta, por momentos, resulta casi simpático. Ocurre que ninguna otra criatura de Shakespeare entabla con el público semejante intimidad: hace al espectador cómplice de sus crímenes, al confiarle, en numerosos apartes, lo que está tramando y lo que piensa de sí mismo. Es consciente de su fealdad, por fuera y por dentro, y no tiene reparos en reconocerla: confiesa que espía la sombra de su silueta bajo el sol, dice que necesitará un ejército de sastres y zapateros para disfrazar su apariencia, anticipa cuáles serán sus próximas canalladas, se burla de sí mismo y de los tontos que le creen. De entrada nomás hay una escena de prodigiosa teatralidad, cuando a fuerza de palabras hábilmente enlazadas conquista a lady Anne (que lo detesta, y se lo hace saber), hija, nuera y esposa de tres de sus víctimas, y cuando ella se aleja, ya vencida, Ricardo le hace un guiño al espectador, preguntándole: "¿Alguna vez se pudo ganar así a una mujer furiosa?".
La otra gran dificultad reside en que prácticamente no existe ningún otro personaje que tenga la solidez de Ricardo, su fuerza hipnótica, su carisma (aunque sea de signo negativo): la obra descansa sobre sus hombros dislocados y es indispensable que él esté en escena para que la trama se sostenga. Esta premisa se cumple en el interesante espectáculo del BAC: Mariano Caligaris, quien también firma la adaptación, hace una creación muy personal del fugaz (1483-1485; le bastaron esos dos años para sembrar la muerte y el terror) rey de Inglaterra. Sus andares, su forma de pasarse sin cesar la única mano útil por la cabeza, sus súbitas explosiones de risa histérica o de furor insano, componen una imagen muy convincente del personaje. Lo mismo cabe decir de Rita Carou, en la espectral reina vieja, Margarita de Anjou, ocupada en maldecir a todos los demás, revoloteando como un ave agorera. El resto del elenco se muestra decoroso.
El uso de artefactos contemporáneos (celulares, televisor) y de ropa actual, el recorte de papeles superfluos, la adjudicación de algunos de los masculinos a actrices, la sobriedad escenográfica y las luces sugestivas, conforman una puesta atractiva. Tan sólo un final desconcertante, al parecer inspirado en el de "El gabinete del doctor Caligari", el famoso film expresionista alemán, crea cierta confusión.